Más de 60.000 buques cruzan cada año el Estrecho de Gibraltar en su tránsito entre el Atlántico y el Mediterráneo. Esa cifra no incluye los ferris que cubren las conexiones entre España y Marruecos ni las embarcaciones de avistamiento de cetáceos que operan en la zona. Bajo esa superficie convive una pequeña población de calderones de aleta larga (Globicephala melas), apenas 250 individuos catalogados en peligro crítico de extinción, que deben abrirse paso entre el tráfico mientras buscan alimento, coordinan movimientos en grupo, encuentran pareja y crían a sus crías.
Un equipo internacional liderado por Milou Hegeman y Frants Jensen, de la Universidad de Aarhus (Dinamarca), junto a investigadores de España, Portugal, Reino Unido y Estados Unidos, ha documentado que los calderones del Estrecho aumentan el volumen de sus vocalizaciones para hacerse oír por encima del ruido del tráfico marítimo, pero que las llamadas más importantes para la supervivencia del grupo ya se emiten al máximo de su capacidad fisiológica y no pueden amplificarse más. El estudio ha sido publicado en Journal of Experimental Biology.
Para llevar a cabo la investigación, el equipo realizó entre 2012 y 2015 una campaña a bordo del buque de investigación Elsa. Los científicos colocaron dispositivos de grabación con ventosas en el lomo de 23 calderones utilizando una pértiga de seis metros. Estos sensores registraban el movimiento, la profundidad y el sonido bajo el agua. Tras 24 horas, se desprendían y flotaban para ser recuperados. El resultado fue un archivo de 1.432 llamadas analizadas en laboratorio.
El equipo clasificó las vocalizaciones en cuatro tipos: llamadas de baja frecuencia, llamadas cortas y pulsadas, llamadas de alta frecuencia y llamadas de dos componentes. Las de baja frecuencia y las de dos componentes pueden oírse a mayor distancia y se cree que son las que los calderones utilizan para localizar y reunirse con los miembros de su grupo, especialmente tras las inmersiones en busca de alimento.




