Seguramente hubiera cambiado cualquiera de los regalos que le hacía su familia la pasada semana al cumplir los 70 años, por conocer que algunos de los trabajos que han salido de sus preciadas manos iban a quedar expuestos en un digno rincón de su amada y marinera Algeciras.
Ramón Bernal se siente un privilegiado de la vida, al llevar, desde que prácticamente empezó a afeitarse, haciendo lo que más le gusta: sacar de la madera auténticas obras de arte, aunque, mayormente, inspirándose en su Bahía de Algeciras.
Con 14 años ya empezó a aprender el oficio de carpintero de ribera en los primeros astilleros de la ciudad y, gracias a su ambición y ganas de seguir madurando como persona, fue abriéndose hueco en esta profesión, de la que posteriormente derivaría su negocio – pionero en la zona dedicado a la hidráulica – que ahora conducen sus hijos.
Desde que se jubiló, puede dedicar más tiempo a lo que verdaderamente le apasiona: coger un trozo de madera, aunque sea de las que habitualmente se queman en las chimeneas de cualquier hogar, para darle forma… y casi vida. Jarrones, cuadros, lámparas, réplicas de las primeras ánforas que se conocen en Algeciras que se usaban para transportar líquidos que posteriormente se exportaban, juegos de café, anclas, y un largo sinfín de artículos, que sirven de adorno y otros de gran utilidad, han salido de sus manos para luego decorar su casa o una parte preciada del gran almacen que posee en el Cortijo Real. Para disgusto suyo, porque, asegura, que su única intención, además de dar rienda suelta a su imaginación (y su arte), es permitir que los jóvenes puedan conocer la historia de sus raíces para poder contarla en el futuro.



